jueves, 4 de noviembre de 2010

la moda pasa de moda

Fashion fades, only style remains the same.
                                                         -       Coco Chanel

Coco Chanel, quizás la mujer más atrevida y elegante de principios del siglo XX, decía que la moda pasa, se desgasta, lo que queda es el estilo.
Pero ¿qué es el estilo? ¿Es ese gusto único de cada uno? ¿Es lo que nos define como personas en la elección de nuestra identidad visual? ¿Qué es estilo? Y aún peor, ¿se puede juzgar el estilo de otra persona? ¿Quién tiene el privilegio de decidir qué estilo es válido de la frase y que estilo denota una falta de buen gusto?

Vamos a analizar primero qué significa moda y qué estilo.
En mi íntima página http://www.wordreference.com/ encuentro las siguientes definiciones, que son las que mejor aplican al tema.

Moda (Fashion)
The latest and most admired style in clothes and cosmetics and behavior.
Make out of components (often in an improvising manner).

Estilo (Style)
A particular kind (as to appearance).

En la definición de moda, podemos observar que en inglés, fashion es definida como el último y más admirado estilo de ropa, cosméticos y comportamiento. Esa definición vuelve a plantear la incógnita. ¿Qué tanto se puede separar el estilo de la moda? Si la moda es un estilo en sí misma. La moda genera un estilo. La otra definición, un poco más mundana, dice que es la unión de componentes, generalmente para mejorar. Pero no perdamos de vista que la primera incluye al comportamiento como parte de la moda.

En la definición de estilo, simple y verdadera, dice que es un tipo particular en relación a la apariencia. Esta definición incluye lo que pensamos como mayoría sobre el estilo. Es un tipo particular, una forma diferenciadora, una especie inusual. Lo que podría definir visualmente a las hoy en día muy comentadas y famosas tribus urbanas. Nos encontramos en un momento social y generacional en el cual diferenciarnos es lo más importante, siempre y cuando claro, seamos “iguales” al resto. Es decir, que mientras entremos en la categoría de normal, queremos diferenciarnos, incluso de la gente que admiramos. Queremos ser únicos e irrepetibles en todo momento y en cada lugar. Ser conocidos por nuestra individualidad y nuestra unicidad.

Y sin embargo, podemos ver que al menos en este tiempo y en este lugar, las personas (focalicémonos en las mujeres, que por ahora, seguimos teniendo más interés en la moda, aunque no se sabe por cuanto tiempo) tienden a parecerse en sus diferencias. Hoy en día, este verano porteño, el grito son los zuecos, cuando más grandes, altos y estrafalarios, más fantásticas somos y más transgresoras. Aunque en realidad, sea una transgresión en masa, ya que aunque los míos sean floreados y los tuyos de cuero verde, son suecos al fin, y seguimos un mandato impuesto por los que supuestamente saben qué es mejor para nosotras, o peor, que nos hará sentir mejor. O los pañuelos, aunque todas tengamos un estampado diferente (y hasta la costumbre de usarlo con o sin vuelta), la idea es la misma, el largo del pañuelo es el mismo, las puntas, nada de pañuelitos chicos… y estamos todas (las que tienen las piernas para…) de shorts con los suecos altísimos, la musculosa blanca o con flecos, o con algo diferente y el pañuelo. Ni hablar del rodete gigante y despeinado al mejor estilo Amy Winehouse, los ojos pintados de negro, pero con sutileza y unos aros gigantes.

Te veo por la calle y pienso: que onda! Y onda es: que bien seguiste la moda! Que rápido te adaptaste a lo que todas nos tenemos que adaptar, que bueno que cobraste tu sueldo para ir a comprarte los suecos, que copado que tu mamá no tiró todos los pañuelos que aborrecías de chica o que usabas de disfraz!! Que onda!

¿Y el estilo? ¿Y el queridísimo y tan difícil de lograr estilo? Usar jeans pata de elefante cuando el mandato es el chupín, también tiene onda. Entonces, ¿definiríamos estilo por ir en contra de la moda? Se plantea mucho la necesidad de llamar la atención. Tengo en común con una prima mía (ella ahora más que yo, por cuestiones obvias de edad, le llevo 4 años) que es que nunca nos importó combinar. Me juntaba con mis amigas a “vestirnos” porque nos juntábamos a eso, y luchaban horas de horas con la bendita combinación y dejaban de ponerse lo que querían por que “no pega”. Siempre fui individual en el amor a las prendas… quiero a esta remera, quiero a este pantalón. ¿No se quieren juntos? Yo si. Vamos al boliche. O a la calle. O a trabajar.

Tuve un trabajo en el que me decían tantas cosas por no combinar nada que me estigmatizaron y empezaron a reprenderme (para ellos a modo de chiste, a mi se nota que me afectó a un nivel más profundo) y empecé a combinar… me duró lo que duró el trabajo, un año.

Siempre me gustó la moda, pero prioricé mi estilo. Y creo que para cerrar, debería definir que para mi, el estilo es el gusto propio que nos acompañó siempre. Que estuvo conmigo cuando el chupin amenazaba horrorizar mis espantosas rodillas, cuando el carré o bob asustó a mi siempre largo pelo, cuando los suecos de 15 centímetros de altura pretendían dejar a mi novio mirando para arriba. El estilo fue lo que me marcó, qué moda me va y qué moda, jamás. Hasta el día de hoy no me puse en short de jean, y las que digan que “la moda es para todas”, que no se lleguen a reir si me ven de pollerita por la calle. “Que vuelvan las puperas!” cantábamos con amigas, que como yo, no tienen trauma de panza, viva el strapless y el Oxford!


Y seguiremos en la lucha por seguir manteniendo nuestro estilo, aunque a veces su novia -la moda- lo critique, maltrate, desautorice y llame ridículo.

Mantengamos el estilo ya que, como dice Mademoiselle Coco, es lo que permanece.



Las señoras de los anillos

Que interesante es la cantidad de temas que giran en torno a loa anillos. Sus diferentes significados y la importancia que le da una persona y otra.

El más famoso, podemos acordar que es el dorado del anular izquierdo. Este aro sin sobresaltos es quizás el anillo con más atribuciones del mundo contemporáneo. Incluso más que el del Papa. Para las casadas es la promesa que hicieron -y que les hicieron- de formar una familia. Para las solteras en espera, el objeto más deseado. Para las solteras en acción y los bachelors, una fobia. Para los viudos, un recuerdo. Para los divorciados, unos guantes de golf y para las divorciadas, un lindo par de aros.

También tenemos otros tipos de anillos. Y de mitos. El famoso mito, grabado en piedra gracias al Hombre Cualquiera -famoso personaje radial de la Metro que entretiene con su máximas- es el de que las mujeres con muchos anillos, son ninfómanas. Como si ponerse más metal en los dedos significara que ponen también más metal en la cama. Y que ningún metal es suficiente, porque las ninfómanas tienen la mala suerte de nunca estar satisfechas sexualmente, lo cual debe ser muy frustrante.

Por otro lado, el anillo en el pulgar del hombre, nos indica que le gusta mucho la fiesta. Noche tras noche pasea su anillo pulgar por la noche y por múltiples camas. Es su signo identificatorio. Y un repelente de mujeres que buscan una relación. Si quieren evitarlas, dense una vuelta por Plaza Francia que hay para todos los talles.

Mujeres que son repelidas por los hombres pulgares son por ejemplo las meñiques iniciales. ¿Quienes son? Todas aquellas que, ya sea por regalo o por pedido, siguen usando el anillo de oro y plata con las iniciales propias en redondo o cuadrado, en el dedo meñique. No solo son muy tradicionales, sino que se niegan a pensar de otra manera. A los 15 años, cuando te lo regalan lo usas. Llegados los 16, pasas a la etapa piedras negras... La que lo sigue usando, sigue teniendo la fantasía de los 15: príncipe en caballo blanco que rescata de familia cruel y viven happily ever after. Puede pasar... o puede no llegar nunca. Una sensación parecida generan los aros de perla.

Como última diferenciación, estan las mujeres que no usan anillos "fijos", sino que de vez en cuando o para salir, se ponen alguno con una gran flor o una gran piedra. Son las mujeres más modernas, las que no siguen el camino pensado para ellas. Hacen el propio. No necesitan la estabilidad del anillo de oro, ni aferrarse al meñique inicial. No temen el pulgar anular, pero no pretenden transformarlo, toman de él lo que puede darles. Y no le tienen miedo a que si algún día llega, el anillo de oro calce en su anular.